¿CÓMO DIOS VE A LA MUJER?  

Por Frank Viola


Nota: Esta es la traducción de un mensaje dado por Frank Viola a una nueva iglesia plantada en Santiago, Chile, el día 31 de Diciembre de 2001.

Después de este mensaje, si esta cinta sale de la habitación y alguien la escucha en este país, seré definitivamente condenado como hereje. Quizá hasta ponga mi vida en peligro. Y lo que es más, después del mensaje de esta noche, algunos de los hombres aquí presentes no desearán que regrese.

Las mujeres, no obstante, ¡pedirán que me mude a este país!

Tomemos nota de los siguientes pasajes:

Y las mujeres que habían venido con El desde Galilea siguieron detrás, y vieron el sepulcro y cómo fue colocado el cuerpo.  (Lucas 23:55 LBLA)

Todos éstos estaban unánimes, entregados de continuo a la oración junto con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con los hermanos de El.  (Hechos 1:14 LBLA)

Voy a preparar la escena describiendo como eran vistas las mujeres antes de la venida de Jesús. Así pues, situémonos en Israel en los días antes del nacimiento de Cristo.

Los judíos tenían una visión un tanto difusa acerca de la mujer. No les estaba permitido a las mujeres recibir educación alguna, en consecuencia eran bastante incultas. Lo único que sabían hacer era criar a los hijos y mantener la casa.

También las mujeres estaban un tanto excluidas de la adoración a Dios. En el tempo de Herodes, había un patio exterior donde podían estar, era este llamado el Patio de los Gentiles. Los gentiles podían entrar a ese patio y estaban limitados a esa sola superficie. Cinco escalones por sobre ese patio de los gentiles se encontraba el Patio de las Mujeres. Las mujeres estaban limitadas a esa sola área. Quince escalones por sobre este patio se encontraba el patio de los hombres judíos. Así les era dado a los hombres un privilegio bastante mayor para adorar a Dios que a las mujeres.

Un mujer no tenía poder de decisión en su matrimonio. El padre decidía con quien tenía que casarse, cuándo debía casarse y por qué tenía que casarse. La mujer no podía divorciarse de su esposo bajo ninguna condición. Solamente el hombre podía iniciar el divorcio.

La mujer judía debía verse en público lo menos posible; de hecho, se les advertía a los jóvenes de no hablar en público con las mujeres, hasta tal punto, que era una vergüenza, en la antigua Israel, el que un hombre hablara en público con una mujer.

Consecuentemente, la mayoría de las mujeres no salían a las calles. Eran consideradas inferiores a los hombres. Eran una propiedad al igual que el ganado y los esclavos. Una mujer era vista como posesión exclusiva del hombre y no podían heredar propiedades.

Los hombres judíos diariamente oraban dando su acción de gracias. 

Les voy a leer esta oración. Muestra la poca estima que el hombre judío tenía hacia la mujer. Dice así:

                        Alabado sea Dios, que no me ha creado gentil

                        Alabado sea Dios, que no me ha creado mujer

                        Alabado sea Dios, que no me ha creado hombre ignorante.

Este era el punto de vista del hombre judío del siglo primero hacia la mujer. No era mucho mejor en otras culturas. De hecho, desde la caída del hombre, la mujer siempre fue considerada como un ciudadano de segunda categoría – inferior al hombre.

Pero algo sucedió que hizo cambiar esto…

¡Cristo vino!

En Jesucristo encontramos la visión que Dios tiene sobre la mujer. No el punto de vista del hombre. No el punto de vista del americano. No el punto de vista del europeo. No el punto de vista del asiático, ni del africano, ni el suramericano. Ni siquiera el punto de vista chileno. ¡Sino el punto de vista de Dios!

Jesucristo es Dios hecho carne. Por tanto, Él expresa las opiniones de Dios. En Su vida terrenal, Jesucristo era la expresión visible de Dios en persona. Así en sus acciones y en sus palabras, encontramos el punto de vista de Dios acerca de la mujer. Y este punto de vista es extremadamente contrario al más prevalerte punto de vista de aquella época.

Consideremos esto. Dios visitó a una mujer. Él eligió a una mujer para traer a este mundo a Su Hijo, el Mesías – El Ungido de Dios – que Israel llevaba esperando por miles de años.

¡Él eligió que Su Hijo unigénito viniera a este mundo por medio de una mujer. La vida de Dios, hermanos y hermanas, fue, en primer lugar, colocada en el seno de una mujer antes de llegar a nosotros. Antes que la vida de Dios fuera puesta en algún otro ser humano, antes de que la vida de Dios fuera puesta en otro hombre, fue en primer lugar colocado dentro de una mujer. ¡Y Dios no se sintió avergonzado por ello!

Hermanas, este es el punto de vista de Dios sobre la mujer. Tomen el alto lugar que les corresponde.

Pero esto no es todo. Durante su ministerio, Jesucristo hizo trizas todas las convenciones sociales que eran colocadas frente a la mujer. En una ocasión, Él se levantó en defensa de una mujer acusada de adulterio. Se convirtió en su abogado. Él salvó su vida. Y Dios no se avergonzó por ello.

Era sabido que Cristo se juntaba con pecadores, comía con prostitutas y recolectores de impuestos. Se nos dice en el capítulo 4 de Juan se encontró con una mujer que era de Samaria y Él hizo algo que dejó asombrados a sus discípulos.

¡Habló con ella en público!

Y no se avergonzó por ello.

Pero no solamente era una mujer, sino que también era divorciada. Y no solamente era divorciada sino que también era una adúltera viviendo en adulterio.

No solamente era una mujer, una divorciada, una adúltera viviendo en adulterio, sino que era peor que un gentil: era una samaritana – una mujer de baja casta. Un samaritano era una persona a la que nunca un judío le dirigía la palabra.

Pero nuestro Señor habló en público a esta mujer samaritana, divorciada y adúltera y le perdonó sus pecados.

Y no se avergonzó por ello.

Hermanas, tomen el alto lugar que les corresponde. Este es el punto de vista de Dios sobre la mujer.

Y aún no es todo. En Sus parábolas, Jesucristo tenía por costumbre convertir a las mujeres en heroínas. Habó acerca de la mujer que buscó su moneda perdida. Habló de la mujer que fue incansable con el juez injusto y la honró por su perseverancia. Habló de la viuda que depositó en el templo una pequeñísima cantidad de dinero, lo único que tenía, y la ensalzó por así hacerlo. Y no le dio vergüenza.

Hermanas, tomen el alto lugar que les corresponde. Este es el punto de vista de Dios sobre la mujer.

En cierta ocasión, cuando Jesús cenaba con un fariseo de renombre, entró una mujer. Pero esta no era una mujer común. Era una mujer de la calle – una prostituta.

Al ver al Señor, se dejó caer de rodillas y extrajo todos sus ahorros. Sacó todas las posesiones que tenía en este mundo en la forma de un frasco de aceite de incalculable valor, lo rompió derramándolo sobre los pies de nuestro Señor.

¡Esta mujer impura tocó a Jesucristo! ¡En público!

La mujer lloró, lavando los pies de Jesucristo con sus lágrimas y secándolos con sus cabellos.

Este acto enturbió la mente del pretencioso fariseo y en ese momento, perdió todo el respeto que tenía por Jesús llegando a dudar que Él fuera un profeta.

¡Pero Él no se avergonzó!

Hermanas, tomen el alto lugar que les corresponde. Este es el punto de vista de Dios sobre la mujer.

Pero esto tampoco es todo. Vuestro Señor permitió a una mujer impura que le tocase el borde de Su túnica y no se avergonzó por ello. De hecho, ¡la alabó por haberlo hecho! De igual manera dio a una mujer cananea, los que eran considerados como perros a los ojos de los israelitas, uno de los más altos cumplidos que Jesús dio. De igual manera sanó a su hija y tampoco se avergonzó por ello.

En las últimas horas del Señor en la tierra, se quedó en una pequeña villa llamada Betania. Fue allí donde pasó los últimos días antes de dar Su vida en el Calvario. Jesús fue a la casa de dos mujeres que habitaban en Betania. Ellas eran Sus amiga y como tal le recibieron y Él no se avergonzó por ello.

Hermanas, tomen el alto lugar que les corresponde. Este es el punto de vista de Dios sobre la mujer.

Cuando Lucas escribe su evangelio, habla de los doce apóstoles. A menudo, refiriéndose a ellos, utiliza la abreviatura de los Doce. Esos hombres estuvieron con el Señor por tres años y medio. Vivieron con Él y le siguieron a todas partes donde fue. Pero Jesús también tenía un grupo de mujeres que le seguían en adición a los Doce. Lucas también utilizó una abreviatura para referirse a ellas. Simplemente las llamó las Mujeres. Él utiliza esta palabra en la misma forma que utiliza los Doce. Ellas eran las discípulas del Señor. Eran Sus seguidoras al igual que los Doce. Las Mujeres seguían al Señor por donde quiera que Él fuere y le atendían en Sus necesidades. Le cuidaban y en ningún momento Él se sintió avergonzado por ello.

Hermanas, tomen el alto lugar que les corresponde. Este es el punto de vista de Dios sobre la mujer.

Pero aún hay más. Los más grandes discípulos de Jesucristo no fueron los Doce.

Fueron las Mujeres.

¿La razón?

Porque ellas le fueron más fieles.

Cuando Jesucristo fue llevado a la muerte, los doce desaparecieron. Se desvanecieron. Le dijeron “hasta la vista, amigo”.

¡Pero las mujeres estuvieron con Él!

No le abandonaron.

Le siguieron hasta el Calvario haciendo lo que siempre habían hecho: confortarle.

Y le vieron pasar por una sangrienta y mortal crucifixión.

Seis horas de tortura.

El ver a un hombre pasar por la más miserable y penosa muerte es algo que va en contra de hasta la más pequeña fibra que mora en el cuerpo de una mujer. No obstante, no le abandonaron. Estuvieron con Él todo ese tiempo y Él no se avergonzó por ello.

Hermanas, tomen el alto lugar que les corresponde. Este es el punto de vista de Dios sobre la mujer.

Después de Su muerte, fueron las Mujeres quienes fueron en primer lugar a su entierro. Ellas le seguían y le cuidaban hasta después de Su muerte.

Y cuando resucitó, las primeras caras que Él vio – los primeros ojos que le vieron – fueron los ojos de las Mujeres.

Fue a ellas a quienes les fue dado el privilegio de anunciar Su resurrección… y no se avergonzó por ello.

Hermanas, tomen el alto lugar que les corresponde. Este es el punto de vista de Dios sobre la mujer.

En el día de Pentecostés las mujeres estaban presentes en el aposento superior – esperando Su retorno – junto a los Doce. Ellas nunca le abandonaron. Cuando los hombres no le están siguiendo más, ellas lo hacen. Le siguieron hasta el final. Su pasión y dedicación de ellas hacia Él oscureció a la de los hombres… y Dios no se avergonzó por ello.

Por toda la vida del Señor, fueron las mujeres las que se cuidaron de Sus necesidades físicas. Fueron las mujeres las que le cuidaron inclusive hasta el amargo final de su glorioso clímax. No fueron los hombres, sino las mujeres las que apoyaron a Jesús financieramente durante Su ministerio.

 

Lucas 8

1. Y poco después, El comenzó a recorrer las ciudades y aldeas, proclamando y anunciando las buenas nuevas del reino de Dios; con El iban los doce, 

2. y también algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, 

3. y Juana, mujer de Chuza, mayordomo de Herodes, y Susana, y muchas otras que de sus bienes personales contribuían al sostenimiento de ellos.  (LBLA)

Ellas eran indispensables para Él… y no se avergonzaba por ello.

Pero más allá de todas esas cosas maravillosas que el Señor hizo para mostrar la belleza de la mujer, Él hizo algo más.

Él te eligió a ti – una mujer – como muestra, para decirnos por quién había venido a morir a esta tierra: Su Esposa.   ¡Y tampoco le dio vergüenza!

Hermanas, tomen el alto lugar que les corresponde. Este es el punto de vista de Dios sobre la mujer.

Hermanos, honren a sus hermanas en el Reino de Dios. Pues Dios les honra a ellas.

Permítanme recordarles que cuando Dios extrajo a Eva de Adán, Él no lo hizo de sus pies ni de su cabeza, sino de su lado.

Hermanas, vosotras sois las compañeras herederas en el Reino de Dios. Vosotras sois las compañeras sacerdotisas en la iglesia. Sois honradas. Sois queridas. Sois valiosas. Sois necesarias. En Cristo no hay hombre ni mujer. Sois Sus amigas, Sus seguidoras, sí, sois de Su propia clase.

Así pues, hermanas, tomad el algo lugar que os corresponde… pues así es como Dios os ve.   


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